18/03/06

El efecto multiplicador del vegetarianismo



ESTE ES UN TEXTO QUE SIEMPRE ME HA PARECIDO RAZONABLE:::


de Eddy Bikales, Toronto Vegetarian Association (TVA)


Yo soy un activista vegetariano, pero ni llevo pancartas, ni aparezco en programas de radio, ni trabajo con una mesa plegable por las esquinas (aunque...¡Dios bendiga a los que hacen todo eso!). Yo no, yo me siento en mi oficina, muy discreto, con mi pelo corto y mi corbata, esgrimiendo tranquilamente, como únicas armas, una pluma y el teléfono. Pero, como los activistas de la calle, le he ganado algunas batallas a la industria cárnica de lo más satisfactorias. Me he dado cuenta de que los vegetarianos pueden ser “carnívoramente” poderosos. Yo lo he sido.
No siempre creí que fuera posible. Poco después de dejar de comer carne (en parte por mi objeción a la matanza de animales) me sentí descorazonado al darme cuenta de que mi pequeño rechazo a comer algo no iba a tener ninguna consecuencia en las granjas industriales. Quiero decir, que en ningún matadero se iba a matar una vaca menos o diez pollos menos porque un insignificante servidor se había pasado al tofu.
Y entonces un buen amigo mío carnívoro ofreció un menú vegetariano en su boda sólo porque yo iba a estar allí.
Y lo mejor es la forma tan casual en la que descubrí el efecto multiplicador del vegetarianismo. El pasado mes de abril comencé a trabajar con una gran organización relacionada con mi iglesia en un edificio de diecinueve pisos, 2.000 empleados y un restaurante auto-servicio en el sótano. La primera semana intenté comer allí. En la sección de ensaladas había buenos vegetales, pero, día tras día... ni un solo plato principal sin carne.
Y yo soy muy comilón.
Así que al transcurrir los tres meses de pruebas como nuevo empleado, compuse una carta muy educada, de una sola página, dirigida al gerente del servicio de comidas comunicándole mi malestar y las punzadas de hambre que me entraban por la tarde y sugiriéndole algunas ideas para algunos platos sin carne. Envié copias al superintendente del edificio y a un colega del que me enteré que representaba nuestra sección en asuntos relacionados con el servicio de comidas.
Voila. Fueron diez minutos en total. Y cuando llamé al gerente del servicio de comidas a la semana siguiente para ver qué había pasado con mi carta, me dio las gracias y me dijo que a raíz de la carta había planeado ofrecer un plato principal vegetariano todos los días, empezando la semana siguiente. Hasta me leyó los menús. Se mostró un poco extrañado cuando se enteró de que el pescado no es vegetariano, pero me prometió que nuestros amigos acuáticos no estarían en el menú en el futuro.
Y ahora cuando entro en el restaurante, veo al personal servir un plato tras otro de comida vegetariana en las bandejas del autoservicio. Hay cien personas o más que disfrutan estos almuerzos sin carne, con platos que no habrían estado disponibles si no hubiera sido por mí. Y ocurre todos los días. Esté yo o no: kilo tras kilo, tonelada tras tonelada de carne no consumida. Es el efecto multiplicador del vegetarianismo. (Es cierto que los platos vegetarianos tienen a veces demasiado huevo o queso, pero en mi escala moral, es una gran mejora. Y conozco al menos una persona de mi edificio que se ha hecho vegetariana en parte porque ahora es más sencillo al estar disponible en los almuerzos.)
Caso nº 2: Estoy atrapado en un hotel de Stamford, Connecticut. Es uno de esos hoteles de las afueras de una gran ciudad, que son como una isla rodeados de tráfico y yo no tengo coche. Después de una semana de estar allí, envié a la dirección del Sheraton una notita denunciando que, en siete días, el restaurante del hotel había ofrecido en el menú un sólo plato vegetariano y... ¡había estado agotado toda la semana! Tampoco estaba de más mencionar que yo estaba dando unas conferencias allí para una gran organización, a la que el Sheraton seguro apreciaba como cliente. Quedé encantado al recibir rápidamente una respuesta: “...apreciamos sus comentarios y desde luego que haremos los cambios necesarios para satisfacer sus necesidades y las de otros vegetarianos en el futuro. Hemos ampliado nuestro menú, que a partir de ahora incluirá verduras a la plancha, humus con pan de pita, así como gran variedad de sopas, ensaladas y pastas.”
Caso nº 3: Después de enfrentarme al mismo problema en un albergue de YMCA (institución para jóvenes cristianos) en la Rocosas en Estes Park, Colorado, y haciendo lo mismo que en el hotel anterior, la dirección me escribió, “...La próxima vez que visite nuestras instalaciones, encontrará mayor variedad de platos vegetarianos.” Así que ahora, mucho después de mi paso por esa venerable institución a la que nunca he regresado, la gente pide y come menús vegetarianos todos los días sin ver la mano silenciosa que lo hizo posible: una simple carta. Y menos carne consumida en las cocinas de grandes instituciones hace que menos gente pida platos con carne. Es el efecto multiplicador del vegetarianismo en acción.
Aunque usted no trabaje para una gran organización, también puede ejercer su influencia en los restaurantes a los que vaya. Siempre, siempre, asegúrese de que los camareros se enteran de que es usted vegetariano. Aunque venga en la carta, pregunte al maître, al camarero o al dueño: “¿Tienen algo bueno para los vegetarianos? De esa forma la dirección de los restaurantes se dará cuenta de que existimos y será más probable que añadan platos vegetarianos en sus cartas y menús.
Para terminar, asegúrese también de que sus amigos saben lo importante que es el vegetarianismo para usted. El año pasado un buen amigo mío carnívoro planeó un menú vegetariano para su banquete de boda sólo porque yo iba a estar allí. Pues bien, resultó que yo ya tenía planes que no podía cancelar para ese fin de semana, y 200 invitados renunciaron a sus grasientas chuletas aquella noche por culpa de un tipo que estaba a miles de millas de allí. El efecto multiplicador ataca de nuevo.
Podemos hacerlo. Podemos crear una sociedad donde sea fácil y seguro ser vegetariano, donde tengamos opciones atractivas allá donde vayamos. Y cuando sea más fácil ser vegetariano, millones de personas se unirán a nuestras filas.
Inténtelo. Simplemente agarre una pluma y observe cómo tiene lugar este asombroso efecto dominó.

Eddy Bikales es productor de documentales de video para una importante congregación protestante. Vive en Nueva York y Vermont.

19/07/05

(VitamínatE)

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01/07/05

QueHayDeMaloEnLaCazaYLaPesca???

que_hay_de_malo_en_la_caza_y_pesca.2.pdf

Muy Triste...

Corridas de toros, el arte del engaño (I)

No hay nada tan patético como una multitud de espectadores inmóviles presenciando con indiferencia o entusiasmo el enfrentamiento desigual entre un noble toro y una cuadrilla de matones desequilibrados destrozando a un animal inocente que no entiende la razón de su dolor. Un baño de sangre anual de mil millones de euros.

Crueldad y decepción

Las corridas de toros son un espectáculo bochornoso en tres actos, de unos veinte minutos de duración, que escenifica la falsa superioridad y la fascinación enfermiza con la sangre y la carne de la que se alimentan, contra toda lógica ética y dietética, quienes creen tener un derecho divino a disponer a su antojo de la vida de otros seres sensibles, llegando incluso a justificar y trivializar la muerte del toro como arte y diversión; un comportamiento patológico que nace de una incapacidad para afrontar el dolor de las víctimas y una morbosidad irrefrenable ante la posibilidad de ser testigo directo de alguna cornada, o de la muerte del matador; un riesgo fortuito, infrecuente (un torero por cada 40.000 toros sacrificados), y sobre todo evitable que, sin embargo, incrementa el carácter macabro de la corrida.

Una caridad cruel e insolidaria

Igual que los carniceros y las guerras, las corridas de toros tienen mala imagen, y no es fácil presentar la muerte como arte, comida o libertad. Pero si el requisito para un festín es la matanza de un animal, y los tiros son los precursores de la libertad, quienes se lucran fomentando la diversión a costa de la vida animal también necesitan justificar y enfocar la atención de los consumidores y usuarios en la supuesta utilidad de sus productos y servicios apoyando obras de interés social; por ejemplo, a través de una corrida de beneficencia, un acto aberrante e insolidario que, sin embargo, puede servir de reclamo al tranquilizar algunas conciencias, sobre todo si el baño de sangre beneficia supuestamente a un asilo de ancianos, las hermanitas de los pobres, una asociación que defiende a los discapacitados como la Fundación Padre Arrupe, o instituciones como la Asociación Española Contra el Cáncer o la Cruz Roja, que también entró a formar parte del negocio taurino con la explotación del servicio de alquiler de almohadillas en la plaza de Sevilla.

La destrucción de cualquier vida, supuestamente en beneficio de los demás, es éticamente inaceptable; pero esto no impidió a las monjas de la Hermandad del Santo Cristo del Consuelo y Nuestra Señora de los Desamparados celebrar el año pasado en Ciudad Real una novillada o “festival taurino-religioso”, incumpliendo el artículo 2.418 del catecismo, donde se dice que hacer sufrir a los animales va contra la dignidad humana. Otro ejemplo pintoresco, impropio de una sociedad democrática y civilizada, que no guarda relación con una actitud solidaria y humanitaria hacia los discapacitados y los animales, tuvo lugar en Alcuéscar, Cáceres, donde el alcalde construyó con dinero público una rampa y una zona especial para que 80 espectadores en sillas de ruedas pudieran ser testigos de un linchamiento repugnante de animales físicamente sanos. La Diputación de Málaga también se ha sumado a este inusitado interés taurino por los discapacitados físicos, aportando dinero público para que la plaza de La Malagueta sea la primera del país en instalar un ascensor para minusválidos, que previamente eran trasladados en brazos por los empleados, habilitando el ruedo para todos los públicos, con la creación de rampas de acceso a la plaza y una barandilla para sujetar las sillas de ruedas.

Las administraciones públicas, propietarias del 65% de las más de trescientas plazas de toros españolas, a pesar de las quejas de la inmensa mayoría de los contribuyentes que no desean apoyar con sus impuestos esta barbarie nacional que los intereses taurinos tratan desesperadamente de mantener e incentivar, siguen exigiendo un mayor número de corridas en los pliegos de adjudicación de los concursos taurinos; una carnicería anual, estéticamente impresentable que, con más de mil representaciones escenificando la masacre de un pacífico animal herbívoro que acaba en el desolladero, amenaza con ahogar con sangre, incluso, el interés de sus más fieles e incondicionales cómplices, ética y físicamente discapacitados, de una cobardía que a todos envilece.

Una siniestra farsa impuesta como fiesta nacional

Detrás de la barrera que les aisla de la sangre, los aficionados y curiosos, adictos a la muerte y al dolor ajeno, se jactan de alimentar un biocidio aberrante y estéril con la compra de abonos que les permiten ver hasta la saciedad un espectáculo nauseabundo en el que se torturan, uno tras otro, miles de veces, seis magníficos animales, condicionados desde el nacimiento para representar, junto con el caballo, el papel más funesto de un fatídico guión, dividido en tres “suertes”, en las que unos siniestros mercenarios muestran su desprecio a la vida, acosando y “castigando” a un noble toro, manipulado y traicionado, con arpones y picas afiladas, hasta que muere, asfixiado o ahogado en su propia sangre con los pulmones destrozados por la espada del matador, o apuntillado con un puñal con el que intentan seccionarle la médula espinal. Pudiendo haber sido sometido, según estudios veterinarios, a toda clase de mortificaciones fraudulentas, incluyendo, además del afeitado (del cual, según el artículo 47.2 del reglamento de 1996, son supuestamente responsables los ganaderos), el suministro de fármacos y purgantes, que actúan como hipnotizantes y tranquilizantes, pudiendo producir falta de coordinación del aparato locomotor y defectos de la visión antes de comenzar la farsa taurina y ser descuartizado por los picadores, que le clavan el hierro de la puya en el morrillo, abriendo, a modo de palanca, un tremendo agujero con la cruceta, cortando y destrozando los tendones, ligamentos y músculos de la nuca para obligarle a bajar la cabeza y poderle matar más fácilmente. Continuando con el suplicio de las banderillas; tres pares de arpones de acero cortante y punzante (llamadas también “alegradores”), que le rompen la cerviz, quitándole fuerza y vitalidad, antes de ser estoqueado por los sicarios de la espada y el puñal; una labor premiada con las orejas, rabos y patas arrancadas de sus víctimas, incluso antes de su muerte, como trofeos que testifican el grado de deshumanización de sus cobardes verdugos y quienes les alientan con el griterío inconsciente o un silencio cómplice.

Las corridas de toros, además de carecer de sentido ético y apoyo social, fomentan el desprecio hacia los animales y la insolidaridad entre los ciudadanos, acostumbrados a permanecer impasibles ante el linchamiento de un ser vivo. No siendo tampoco un espectáculo que cuente con el apoyo incondicional de sus más fervientes aficionados que protestan contra “la invalidez de los pseudotoros” y el incumplimiento reiterado de las normas que regulan la tortura del animal, cada vez más debilitado y “falto de casta”, que sufre la dolorosa indignidad del afeitado, una práctica que implica el corte de un trozo de pitón, dentro del mueco donde se le inmoviliza, sufriendo el llamado lumbago traumático, y destrozándose los músculos y tendones al luchar desesperadamente por librarse del yugo que sujeta su cabeza, saliendo desvencijado en el cajón hacia los corrales de la plaza, a donde llega tullido y sin fuerzas para afrontar los desgarradores puyazos que le inflinge el picador. Un vergonzoso fraude, tolerado y muy extendido, según los propios taurinos, que debería bastar para condenar y aislar públicamente a los matones que han impuesto, con el beneplácito institucional de sus vasallos políticos, este sucio negocio como emblema de la España negra y “fiesta nacional”.

El “arte de matar”: como modelo educativo, religioso y cultural

Aunque haya disminuido el apoyo popular a las corridas de toros, el fin de las fiestas crueles dependerá del grado de respaldo de los medios de comunicación, de los intereses económicos y de las instituciones públicas y religiosas que tradicionalmente las han justificado y mantenido, política y materialmente, a cambio de vender su alma al diablo o al mejor postor, permitiendo la implantación del “status quo” taurino y la pérdida de valores éticos y religiosos del modelo egoísta de sociedad actual, intolerante y cruel, que se manifiesta a través de las retransmisiones taurinas, la violencia deportiva y doméstica y la telebasura en general, con el silencio cómplice, egoísta o ignorante de los votantes que legitiman activa o pasivamente la violencia institucionalizada sin comprender el origen de los conflictos sociales y las guerras locales y transnacionales que condicionan e hipotecan el presente y el futuro de la humanidad.

El fomento de la crueldad y el desprecio a la vida llega incluso a redefinir y condicionar el comportamiento y la identidad cultural de los aficionados a la sangre, a través de nuevos videojuegos como “Torero, arte y pasión en la arena”, con una opción, presentada por un conocido torero, que enseña a dos jugadores las técnicas más refinadas para torturar y matar a sus víctimas virtuales o potenciales. Al igual que los esfuerzos, claramente tendenciosos para presentar una corrida de toros simbólicamente, con descaro o sutileza, como una expresión artística fascinante y respetable, a través del cine o del teatro, en obras como “Carmen” y “Don Juan en los ruedos”, de Salvador Távora, que llenan los escenarios de sangre real, vertida para satisfacer el morbo de los espectadores, o la película “Hable con ella”, del director Pedro Almodóvar, quien organizó corridas de muerte en Madrid y Guadalajara, que costaron la vida a varios toros, destruyendo la magia incruenta del cine para manchar de sangre a los espectadores y hacerles cómplices involuntarios de una atrocidad éticamente incomprensible e injustificable.

Uno de los factores que contribuyen a mantener y fomentar las corridas de toros es el aporte de dinero público de las instituciones locales y regionales a las escuelas taurinas, que surgieron junto a los antiguos mataderos municipales, donde se entrena a niños de doce y catorce años en “el arte de matar”, mediante competiciones y prácticas con terneros y vacas, que sufren atroces heridas e incluso, como en la escuela taurina de Madrid, mutilaciones de las orejas y el rabo antes de morir. Barbaridades que forman parte del ritual tauricida de las corridas, apoyadas y justificadas por representantes taurinos de la cultura, como el escritor y catedrático de ética de la Universidad Complutense de Madrid, defensor de las corridas de toros y de las víctimas del terrorismo, Fernando Savater, quien se jacta de que “las barbaridades a veces también tienen su mérito, su estética y su ética”, justificando demagógicamente la crueldad por no ser, según él, “el objetivo de la diversión”, sino “un ingrediente necesario”.

El gobierno de Andalucía, que también apoya las corridas de toros, justifica las escuelas taurinas que subvenciona haciendo una lectura parcial de los artículos 35 y 46 de la Constitución Española, que tratan del derecho al trabajo y la libre elección de un empleo o una profesión, así como el fomento y conservación del patrimonio cultural español, sin tener en cuenta el artículo 14, que trata del derecho a la vida, sin miedo a la tortura y a un trato inhumano y degradante, que convenientemente no se aplica a los toros y caballos víctimas de las corridas.

Otros factores económicos que contribuyen a mantener las corridas son la asistencia, nada grata, del turista ocasional que apoya, a menudo involuntariamente, el morboso espectáculo y la diversificación económica de los ruedos. Asimismo, mientras algunos ganaderos se benefician de la ayuda económica de la Unión Europea, destinada a la producción de carne, otras subvenciones públicas permiten la celebración de corridas de toros en pueblos y ciudades que carecen de medios económicos para organizarlas por su cuenta. La venta de carne de los animales sacrificados a los gourmets taurinos, que ignoran o desean ignorar la importante liberación de toxinas producida por el estrés de las víctimas y las enfermedades habituales relacionadas con su consumo, como tuberculosis, nefritis y parasitosis hepática, también contribuye a hacer más rentable la masacre taurina.

A pesar de la falta de apoyo público por los espectáculos crueles de las últimas estadísticas, coincidiendo con el auge del vegetarianismo/veganismo y la búsqueda de valores espirituales basados en el respeto a la vida; sin absurdas excepciones antropocéntricas o religiosas, la mafia taurina, que nunca en su macabra historia ha querido saber de leyes de protección animal (incompatibles con su actividad tauricida, destructora de hombres y caballos), trata desesperadamente de retrasar el inevitable fin de una sangrienta dictadura que extiende sus tentáculos por los satélites taurinos de Europa, América y otros feudos potenciales, imponiendo un espectáculo denigrante y remodelando o proyectando nuevos centros de tortura multiuso, con cubierta o techo retráctil, para subvencionar y equiparar el martirio de animales con otros espectáculos musicales y artísticos más lucrativos, como el centro multimillonario de la ciudad de Burgos, previsto para el 2004.

Francisco Martín
Presidente de la Asociación Vegana Española (AVE)
Revista Natural -
http://www.revistanatural.com/articulo.asp?id=8

 

15/06/05

Algunas dudas..

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